Soñé durmiendo

Morfeo me arrastra cada noche
a lugares terribles.
Me sume primero en una cueva
inundada de lava purpúrea.
Allí, me obliga a luchar por no caer,
hasta que se aburre con su juego
y me resbala;
logra que el ardiente magma
me lleve a su caída sin fin.

Mientras me precipita,
torna el paisaje;
muestra un vasto océano
visto desde el aire.

¡Vuelo en caída libre,
desde un alto apabullante!
Veo las olas rompiendo
en abruptos acantilados,
acariciando una desolada playa.

Noto cómo el vértigo bulle en mi sangre,
cómo el viento acaricia fuerte mi cara
elástica, deforme, torpe, desfigurada.

El viaje no termina,
el miedo me devora,
¡Morfeo, te suplico, cesa este cruel juego!

Parece escucharme,
me sienta a una amable mesa,
plena de manjares, el mejor de todos, Ella,
sentada enfrente de mí,
más que bella en todas sus esquinas.
Sienta en mí sus ojos de agua,
llenos de paz, remanso del seso.
Los quiero tocar, los quiero besar.

¡Ah, Morfeo y su cruel juego;
cercano el despertar, suavizas tu mano!

[…]

Siento los párpados pesados,
no puedo levantarlos,
¡no puedo abrir los ojos!

Morfeo, ¿me oyes? ¿Me tienes atrapado?

[…]

De nuevo la veo a Ella;
su mirada cautiva me roga que huya.
¡No puedo dejarla! ¡Y Morfeo lo sabe!
Sus labios rojos hacen mueca
de querer hablar…
Pero enmudece, ¡desaparece!
En su lugar, un agrio espejo,
en él mi imagen vuelta cadáver.

Laira Valdi

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