Cien años de no soledad.

image

Eh, puedo esperar cien años más por ti si lo necesitas.

Puedo no volver a escuchar tu voz hasta que te sientas con fuerzas de hablarme de nuevo si lo necesitas. Puedo esposarme las muñecas a la mesilla para no escribirte ni llamarte si lo necesitas. Puedo hacer cualquier cosa que me pidas y esperarte de la manera en que desees si me prometes, sobre todas las cosas, que a tu regreso vendrás aquí antes que a ningún otro sitio.

Soy consciente de que soy parte de un mundo que a veces te pesa demasiado sobre los hombros; soy un micro error de cálculo y, como tal, asumo las consecuencias y la responsabilidad de mi propia existencia como parte de ese todo opresivo para ti. (Debes saber que me gusta más de lo que esperaba la sensibilidad tierna que te conecta con lo que te rodea).

Lo que quiero que entiendas, porque lo necesitas, es que no me voy a ir. Que podré llorar en tu ausencia y maldecirte por tu lentitud por volver millones de veces. Pero, créeme, cuando recobres las fuerzas, cuando despliegues las alas confiadas restándole centímetros al precipicio, aquí estaré yo. Te secaré el sudor de la frente, la sangre de las heridas o el pus de las cicatrices, si lo necesitas. Convenceré a tus rosas de que sus espinas no podrán derrumbarte nunca, si lo necesitas. Me anotaré cuentas pendientes de siete en siete contra todos los cristales que intenten siquiera distorsionar tu mirada con cuentos desteñidos sobre ti, si se atreven.

Cien años. Dieciséis. Cuarenta. Veinticuatro, horas.  Días. Semanas. No me importa. Nada de eso me importa. Tú eres superior al tiempo, no es posible borrarte de ningún lugar a estas alturas: por breve o largo que sea el trecho que llevamos, he podido ver lo que eres de verdad; te has dejado puertas entreabiertas en los muros al descuido. He visto caos. He visto melancolía iterativa. He visto sonrisas sinceras. He visto barrancos desdentados con cadáveres putrefactos a los pies. He visto analogías dolorosas para ti y para mí. He visto mierda, miserable mierda humana.

Puede que esto sea una locura, una chaveta con las maletas en el quicio de la puerta y a punto de saltar por la ventana, pero el hecho de conocer esta dimensión arisca en principio, profunda e insondable, de sufrimiento por el daño ajeno, de aislamiento ante un mundo que crees grande para ti, joder, me hace pensar en dos palabras importantes y aterradoras, ciertamente, cuando son dichas por vez primera y desconociendo la respuesta:

Te quiero.

He visto tu cuerpo cubierto por heridas y, no puedo negarlo, siento miedo de que un último embate de ti contra ti impida que vuelvas a levantarte.

Pero sé que lo harás. He visto en tu forma de agitar las manos cuando hablas que eres de los que luchan hasta las últimas espuelas de sangre.

Me da igual el tiempo que tenga que esperarte. No me asustan tus temores. Ni tus fantasmas. Ni siquiera tu miedo a hacerme daño, porque sé que me conoces y que sabes que lo que más me dolería sería que te fueses.

De modo que cien años, si son contigo de regreso al fin, aun en total y absoluta espera sin compañía, no inspiran ni soledad

ni mierda.

Laira Valdi

Anuncios

2 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s