AL FINAL DE LA ESCALERA

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Me compadezco de aquéllas
que no pueden ser testigo
de todo lo que yo he visto.

Siento lástima por todas ellas
porque no pueden contar
pecas rojas diseminadas
en boscoso pectoral
ni medir tu pulso a ritmo de gemido
ni disfrutar secando
cada bastión de acuoso desahogo.

¿Qué más dará lo negro que sea el mundo,
lo negras que sean mis sábanas
si podemos olvidar cualquier jodido asunto
a golpe de cine y manta,
a golpe de grito en cama?

Me compadezco de todos vosotros.
Porque no tendréis recitales privados
piel con piel,
porque nunca podréis saber
lo que es reírte con sorna
tras cometer el pecado,
ni lo que son dedos fríos
rodeando una espalda
a ritmo de pelvis bullestás
enardeciendo los cuerpos en cada acometida.
                         [El resto -lo vuestro-, es sólo papel y mentira.]

Y me compadezco aún más de mí misma,
de la que más.
Porque cada vez que enfilo la arboleda,
sé que puede no haber camino de vuelta,
que puede absorberme el sumidero
y hacerme desaparecer en neblina silenciosa.

O lo que es peor:

podría ir a verte mañana,
como cada día,
y darme cuenta
de que ya no estás

                      al final

                          de la escalera.

Laira Valdi

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