Pertenezco al grupo de gilipollas
que se afanan por hacer sentir mejor a los demás aunque estemos muriendo por dentro.

Los que llegan por la noche a su casa,
tienden la máscara alegre sobre la silla
y lloran a pierna suelta contra el muro de la cama.

Sentimos el cuerpo exhausto, lacerado
y mutilado por cada segundo que nos ha consumido
durante el día, cosida la sonrisa bajo la punta de la nariz.

Y al llegar y vernos solos,
con la única compañía de una televisión que habla
para absolutamente nadie,
comenzamos a dolernos siempre en la misma dirección.

Palpamos cada quiste sociosentimental
con la estúpida esperanza de encontrar
el reconocimiento que hubiéramos esperado
si no nos supiéramos la más vaga mierda universal,
que por leve, siquiera huele.

Abriendo ventanas desvencijadas
creamos la ilusión táctil
de una mano materna que acaricia
la entraña y
nos ilusionamos con botellas que romper
un día especial en que nos despidamos de quien dice querernos y
al final
no encontramos más que eso:
aire.

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