Autor: Laira Valdi

Coqueteo con las palabras esperando me permitan meterme en su cama, arroparme con ellas las entrañas y, a veces, sólo a veces, romperles las costillas o la espalda.

#Confesiones alegres de aborto mal ejecutado#

Padres,
yo fui niña alegre
sólo
unos
días.

Vuestra impronta irresistible
hizo mella y dio su fruto:
hoy soy mujer hecha a sí misma
hija de la búsqueda
de refugio en brazos maternos
ajenos;
hija del repudio
al que obligadas me someten las lobas
en pro de su propia progenie.

—Y nadie puede culparlas
por respetar su cruz.—

Padres,
me habéis engrilletado
con vuestros puños de cemento
y, al fraguar éste,
mis manos han sido vuestras.

Con ellas he profanado
vuestra tumba soñada una y mil veces;
he sangrado y escupido en ella en mis mejores descargos.

Yo, prenda de vuestro esperma,
soy viva imagen y semejanza
de patética miseria relicta
inscrita en vuestra carga.

Y yo,
siguiendo tradición emética
de tornar en carroña
las mentes más puras,
de volver corrupto
el cerebro inocente,
vengo a deciros
que sí
que yo renuncio
a vosotros
a la vida que me cobráis
sin haberla pedido.

Entretanto me decido,
anuncio alegremente que en unos años pariré
y trepanaré en el segundo acto
el cráneo de mi aborto mal ejecutado,
tal y como me enseñaron
mis mejores maestros.

Mezcla de envidia y paz.

Todas las noches
ocurre lo mismo.
Así lleva siendo 
desde que guardo recuerdo:

Solo de noche
podía verse en las fachadas
luz cálida tras los visillos.

Yo quería 
                         fagocitar
                                                  ese calor.

Y la sangre me hervía,
fundiéndose indistinguibles
paz de cadáver prepuberal
y envidia de impávida amígdala cerebral.

Luchando por localizarse 
en algún punto intermedio
entre nirvana y Columbine,
tal pasto de gusanos infantil
creció y perfeccionó su técnica furtiva:

Veinte años pasan ya 
desde que empezara a consumirse
esnifando de esas familias
el calor que solo la noche exhibe 
a través de la luz provocativa
que los visillos escurren.

Nacidos para morir

Las estructuras de metal se ablandan a tu paso.

Perfil de ciudad recortando el cielo
desdobla su mano
y es compasivo contigo
el sol encoge tus retinas, 
y te desdoblas también 
compasivo
y lloras
con fiereza infantil.

El olor de la sangre que la Senectud
desprecia ya por demasiado vieja
               —el olor a viejo—
te persigue en cada esquina:

vida calibrando alzas de librillo
recordando en cada clic
que es la única zorra inmune
a su propia dictadura temporal.

Nadie escapa.

Y recuerdas palabras que tu padre
ya nunca te dirá.

Recuerdas la imagen                           de la calle
                             en que todos duermen
y nadie sueña.

Te acosa y se ensaña
aparece en el momento feliz
y se ríe socarrona
y te dice con los ojos
que 

el tiempo 

no 

perdona.

Moriremos siendo niños
buscando el pezón materno
en cada esquina 
siendo lactantes eternos,
que boquean por cariño
que nutra el ego que nos ciega.

Sangrar de adultos, 
sangrar de viejos,
no será más que una espina
hasta que la muerte traiga indulto 
y nos libre
de la vida.

Estoy triste,
y vacía
como si en una sola exhalación
se me hubiera quedado el cuerpo sin tripas.

De cuajo.

                     Estoy triste,
y ridícula,
                      sin mis tripas.